Que se hace cuando se siente la inconmensurable necesidad de arrodillarse ante un árbol y dejar de existir de esta forma, de dejar de sufrir, de devolverle a la naturaleza eso que le robamos, de ser parte de la tierra, de la existencia, que no es nuestra, que no somos nosotros, de dejar que el alma se vuelva una flor, escondida, donde no llegara nunca nadie, ningún hombre, ninguna mujer, ser parte de algo, dejarse morir para ser algo, algo en verdad importante.
No hace mucho descubrí que la muerte era un forma de ver la vida y poco a poco me he acercado a esta, a la vida, a lo poco que vale lo que soy, lo poco que vale la gente.
"Pienso, por ejemplo, en la profunda reacción del poeta Rilke ante un torso arcaico de Apolo. Rilke describe una curva descendente en el torso de la figura, muy lejos del espíritu de una observación formalista. La curva conduce hasta la zona genital de la figura mutilada, sin que en verdad importe que los genitales fueran arrancados tiempo atrás, con afán iconoclasta, o tal vez para obtener un talismán sexual. Los genitales de piedra son tan irrelevantes para la experiencia de Rilke como la cabeza de la estatua, asimismo perdida. No vemos los ojos de la figura, pero de un modo u otro nos sentimos observados por la totalidad de su cuerpo: "Porque no hay aquí un lugar que no te pueda ver".
Mi espalda se refleja en la del insecto, la del insecto de refleja en la mía, somos dos y nunca uno mismo. Yo dependo de el y el depende de mi, pero nuestros destinos no están unidos. El mundo gira para recordarnos nuestra nuestra existencia del otro. Mi cara no es la del insecto, ni la de el la mía, reímos cuando el otro llora, lloramos cuando el otro ríe y cuando es momento de decir adiós no decimos nada, nos damos la vuelta, nos damos la espalda y mi espalda se refleja en la del insecto, es incierto si la suya se refleja en la mía.
No hay un solo yo, hay muchos y al mismo tiempo.
